URBANO ASPA Y ARNAO

 URBANO ASPA Y ARNAO.  El compositor de Sigüenza

 

    Tenía, don Urbano Aspa y Arnao, aspecto de persona seria. Y lo era. Con el cabello recortado y aparentemente plateado por las sienes. Mostacho a la moda de la segunda parte del siglo XIX, y unos ojos pequeños, con cejas pobladas, ocultos detrás de unas lentes que se acostumbró a llevar, sin duda, poco después de comenzar a arrancar de las teclas del piano, o del órgano, los sonidos que lo harían popular, tanto en la provincia de Guadalajara, como fuera de ella.

    Nació, don Urbano Aspa, cuando el XIX, que tantos sinsabores dejó para la historia española, comenzaba a espabilar, en la primavera de Sigüenza, el 25 de mayo de 1809; en una casita del barrio del Castillejo; cuando Sigüenza se encontraba, como la provincia entera de Guadalajara, en armas contra los franceses napoleónicos que nos ocuparon la tierra.

 


    Quizá don Urbano Aspa no se diese mucha cuenta de todas aquellas idas y venidas que a través de aquel y los años siguientes llevaron a cabo los de Napoleón; quizá porque los suyos en lugar de hablarle de política y de guerras lo hicieron de música. De órganos. Cuando Sigüenza contaba con una de las academias más prestigiosas para este tipo de artes: El Colegio de Infantes de la Catedral.

    Contaba con apenas ocho años de edad cuando obtuvo plaza en el coro de infantes de la primera iglesia de la Diócesis. En ella comenzó los estudios de música, y en ella continuó hasta que, pasados los años, dejó Sigüenza por el mundo de la Corte. Antes que aquello sucediese, el abandono de Sigüenza por la amplitud del mundo, bajo las grandes bóvedas de la catedral seguntina lo fue prácticamente todo, y desde 1833 hasta su partida en 1842, maestro de capilla. Dejando, a su partida, una amplia colección de piezas musicales, como compositor de ellas que era.

    Don Hernando de Acevedo, escritor, periodista y también músico, lo definió como solo los admiradores pueden hacerlo de la persona a quien admiran: La característica de D. Urbano Aspa, ilustre maestro compositor de  música religiosa, fue siempre la modestia, tan extremadamente adorada por aquel que en diversas ocasiones rechazó cargos oficiales, fundándose en que no poseía méritos para ocuparlos ni fuerzas para llenar sus obligaciones debidamente; y se opuso a que algunas de sus obras fueran lanzadas a la publicidad, sugestionado por el terror que le producía toda notoriedad.

    Quizá por ello, escondiéndose de la fama, pudo dar a la imprenta decenas, cientos de composiciones musicales que fueron en la segunda mitad del siglo XIX piezas que tocarse fuera y dentro de las iglesias, por mucho que la mayoría de ellas fuesen religiosas, con títulos tan significativos como: Lamentos de las ánimas benditas; Despedida a María Santísima del Carmen; A Dios, rey de la gloria; Salve del olvido; Los cielos y la tierra canten; Gozos de la Virgen de la Salud…, y así, hasta casi el infinito.


EPISODIOS DE LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (El libro, pulsando aquí)

 

    No fueron pocos los que, tras dejar Sigüenza atrás, y conociendo la poca afinidad que nuestro hombre dispensaba a los elogios de la fama auguraron que su vuelo sería corto. A pesar de ello, apenas tres años después de su arribo a Madrid ya formaba parte, junto a grandes y sonoros nombres de la música española, de la Capilla Musical de la Concepción, que se estrenó el primero de noviembre de 1845 en la iglesia de San Pedro, con una función a su titular. A partir de aquí la Capilla, o la orquesta, dirigida por nuestro maestro, recorrió con asombroso éxito gran parte de los aconteceres capitalinos de la época. A aquella de la Concepción siguió la de San Juan; con ella recorrió los principales coros de Madrid a lo largo de los cuarenta años siguientes, en los que la admiración por su obra creció tanto o más que su huidiza fama.

    Regresó a Sigüenza cuando pudo, si bien a partir de aquel año de gracia de 1843 su vida se centró en la capital del reino, y en un pueblecito de la provincia de Soria, Fuencaliente de Medinaceli, a donde acudía a descansar. Ante todo, después de su matrimonio con doña Narcisa Gómez Benítez; matrimonio del que nacieron doña Encarnación y don Mariano Aspa y Gómez quien también dejó algunas notables piezas musicales, sin duda corregidas por su padre, del que aprendió el arte de la música en la academia que don Urbano dirigió, en la calle de la Aduana, de Madrid,

    Retirado del mundo y sus circunstancias, aquejado por una incipiente ceguera, don Urbano se ocupó en los últimos años de su vida a organizar su obra y al descanso en aquel pueblecito de Soria que lo acogió, Fuencaliente, y en él falleció el 28 de agosto de 1884, a la una y media de la madrugada. Contaba con setenta y cinco años de edad.

    España despedía, a través de las crónicas de los días siguientes, cuando se conoció la noticia, con líneas que daban a conocer la grandeza de su persona, a uno delos hombres más populares por su música, de España; tanto o más que don Hilarión Eslava, con quien compartió sana amistad y distinguida competencia, desde que don Hilarión le ganó la oposición a maestro de capilla de la catedral de Burgo de Osma, poco antes de que nuestro gran seguntino, quizá decepcionado por aquello, marchase a Madrid, para ser parte de la historia musical española.

    Don Urbano Aspa y Arnao, músico y compositor, nació en Sigüenza (Guadalajara), el 25 de mayo de 1809; falleció en Fuencaliente de Medinaceli (Soria), el 28 de agosto de 1884.

    

Tomás Gismera Velasco/ henaresaldia.com/agosto 2021



 

AGUSTÍN BARRENA Y ALONSO DE OJEDA, un abogado de Sigüenza

 AGUSTÍN BARRENA Y ALONSO DE OJEDA, un abogado de Sigüenza

    Uno de esos misteriosos misterios que ensombrecen las noches madrileñas comenzó a cernirse la mañana del domingo 13 de marzo de 1932, después de que el pastor Esquitinio de la Concepción Expósito, al ir a soltar sus ovejas, que dormitaban en el Prado del Carranque, junto a la antigua “Vereda del Soldado”, a las afueras del entonces pueblo de Carabanchel Bajo se diese de bruces con el cadáver de una pobre mujer que resultó ser una vivaracha toledana, Luciana Rodríguez Narro, que se dedicaba, de manera ocasional, a vender los famosos bordados lagarteranos por las calles de Madrid. La tarde de la víspera, la última vez que con certeza se la vio, fue saliendo del palacio de Buenavista, residencia entonces del Jefe de Gobierno, don Manuel Azaña, a cuya mujer, doña Dolores Rivas, vendió unos paños que doña Dolores regaló a la embajadora de Francia.

 

Colección TINTA NEGRA. La letra del crimen (pulsando aquí)

 

    Eso fue lo oficialmente conocido, puesto que después de encontrarse su cadáver no fueron pocas las personas que dijeron haberla visto, a la misma hora que salía de palacio, tomando el autobús en Puerta Cerrada; un taxi en la Plaza del Ángel; del brazo de un apuesto militar por el Paseo de Recoletos…; cosas imposibles. Y una pregunta saltó al viento de Madrid que atemorizó a todas las mujeres que, como Luciana, ejercían el noble arte del bordado, y la venta ambulante por las calles de Madrid: ¿Quién la mató? Pregunta que tardó en encontrar respuesta.

    Era entonces don Agustín Barrena y Alonso de Ojeda, a pesar de su juventud, puesto que acababa de cumplir los 33 años de edad, uno de los abogados penalistas con mejor futuro y mayor prestigio de Madrid, después de unos cuantos sonados éxitos en la Audiencia que lo llevaron a figurar en la página de sucesos y tribunales de los periódicos de Madrid. El caso, que fue conocido como “El Crimen de la Encajera de Carabanchel”, lo terminó por consagrar.

    Había nacido en Sigüenza, en los inicios de aquel año de gracia de 1899, hijo de don Felipe Barrena y Barrena, igualmente abogado de profesión y una de las figuras clave de la alta sociedad seguntina de aquel tiempo, al dirigir junto a su hermano Agustín la sociedad gestora bancaria “Barrena y Hermano”, de la calle de Villegas 2, en la que, además de trajinar con efectos bancarios, también se comerciaba en tejidos y otros asuntos. Los locales de la “Banca Barrena” son los que en la actualidad ocupa el Museo Diocesano.

    Estudió en Madrid la carrera de Derecho, llegando a alcanzar una gran reputación como jurista, destacando como gran orador. Fue, tras José Serrano Batanero, uno de los abogados nacidos en la provincia de Guadalajara que más destacó en aquel Madrid, tanto por los conocidos casos en los que tomó parte, como por su saber estar. Alguno de sus hermanos, entre ellos Luis, también le acompañó en este mundo de las leyes; un tercero, Felipe, se quedó en Sigüenza para ser Alcalde de la ciudad de los obispos.

 

   Y, cosas que tiene la vida, mientras que Felipe entroncó por matrimonio con otra de las nobles familias seguntinas, los Grande, los dos abogados seguntinos en Madrid, Luis y Agustín entroncaron con otro de los grandes abogados españoles de aquel tiempo, don Gerardo Doval Formoso, gallego de origen, político de raza y académico de prestigio, además de figura indispensable en el mundo de la criminalística de Guadalajara. Luis contrajo matrimonio con Carmencita Doval; don Agustín con María. Y llevaron una vida de éxitos pareja en el mundo del Derecho, hasta que llegó la Guerra Civil de 1936 y don Luis perdió la vida en ella cuando era diputado por Melilla, representando al Frente Popular. A don Agustín le llamaban más las ideas políticas contrarias, a pesar de que nunca se inmiscuyó en asuntos políticos.

 

   Cuando llegaron aquellos días grises don Agustín Barrena y Alonso de Ojeda era Presidente de la Casa de Guadalajara en Madrid, cargo al que accedió en 1934, año en el que se juzgó aquel famoso crimen "de la Encajera de Carabanchel”. Continuó siendo Presidente de la Casa de Guadalajara en Madrid durante la Guerra, pues la Casa no cerró sus puertas salvo en los últimos días; cedió el mando de la institución a don Francisco Layna Serrano. Y fue durante su mandato, entre 1935 y 1936, cuando la Casa de Guadalajara más se significó en el Madrid de su tiempo.

 

   Tardó en resolverse, el crimen de “La Encajera de Carabanchel”, aunque antes de que lo hiciese, para que a don Agustín no le faltase trabajo, surgió el del “Zagal de Fuensalida”, un zagalillo natural de esa localidad que en las proximidades de Madrid, por ver quién puede más, se llevó por delante la vida de tres pastores de la finca para la que trabajaba; don Agustín logró que al zagalillo la condena se le quedase en un internamiento, de por vida, en una casa de salud.

   La resolución del caso de “La Encajera” tenía visos de mayor complejidad, pues eran tantos los testimonios cruzados que… Tuvo que llegar el mes de agosto con todos los calores que caen sobre Madrid en los meses de agosto, cuando las gentes que pasaba por la calle del Arroyo de las Pavas, en el antiguo pueblo de Carabanchel, se dieron de bruces con otro crimen. Hasta una vivienda de aquella calle dos badanas atrajeron a un buen hombre, tabernero de oficio y natural del pueblecito molinés de Cubillejo de la Sierra. Los asesinos no se dieron cuenta de que con los calores se encontraba la ventana abierta, y que mientras mataban al tabernero los vecinos miraban. La policía los encontró en plena faena, a pesar de que uno de ellos, por si colaba, se escondió debajo de una cama.

 

   La actuación de don Agustín en los tribunales fue digna de enmarcarse, de ahí que tras el caso de “la Encajera de Carabanchel y el tabernero de Cubillejo” no le faltase trabajo.

   Su bufete, en la céntrica Glorieta de Bilbao, fue uno de los más perseguidos por la prensa a partir de aquellos años; como lo continuó siendo después. Hasta alcanzar un renombre que únicamente don José Serrano Batanero fue capaz de dar a la abogacía penalista que salió de la provincia de Guadalajara, asentando sus reales en Madrid.

 

   No faltó su contribución a la prosperidad de la Sigüenza de postguerra; tampoco su mano a la modernización de la abogacía madrileña, integrándose en la junta directiva del Colegio de Abogados de Madrid, a la que perteneció durante muchos años. Siendo uno de aquellos guadalajareños ejercientes en Madrid a través de la Casa Regional.

 

   Una de sus últimas actuaciones como abogado de éxito la tuvo en el más que doloroso caso de la catástrofe de Ribadelago, cuando la presa de Vega de Tera, en aquel municipio zamorano, reventó y se llevó por delante la vida de 144 personas.

 

   Para entonces los dos diablos que llevaron a cabo los crímenes de la Encajera y el del Tabernero de Cubillejo, que dieron fama letrada a don Agustín ya pertenecían a la historia, aunque su final no fue como contó Margarita Landi, ninguno de los dos perdió la vida en el cadalso a manos de verdugo que apretase el garrote; uno de ellos, el más listo, murió de viejo en el penal de Cartagena; el que pasó por lelo, al esconderse bajo la cama, la muerte le llegó en el penal del Dueso, cuando al encabezar una de esas revueltas carcelarias que las películas cinematográficas nos recuerdan de cuando en cuando, se enfrentó, encabezando a los 300 presos que entonces se encontraban tras los muros del penal, en los inicios de 1936, a todo un batallón del ejército que tuvo que intervenir para sofocar la revuelta.

 

   Don Agustín Barrena y Alonso de Ojeda, abogado, nació en Sigüenza en 1899; falleció en Madrid, el 29 de junio de 1968, donde fue sepultado al día siguiente en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena.

 

Tomás Gismera Velasco

Gentes de Guadalajara

Henaresaldia.com/Diciembre 2020

 


 LOS CRÍMENES DE CARABANCHEL. El libro, pulsando aquí

MEMORIA DE JUSTO JUBERÍAS . Natural de Palazuelos, fue uno de los precursores de la arqueología en la provincia

 MEMORIA DE JUSTO JUBERÍAS .
Natural de Palazuelos, fue uno de los precursores de la arqueología en la provincia


   De ahí que a causa de su dedicación fuese conocido en algunos círculos como el “cura de las piedras”, a pesar de que debieron de haberle denominado, con mayor propiedad, el cura de los fósiles, o de la arqueología.

   El hombre que, dentro de la provincia de Guadalajara, puso quizá el primer baldón para el estudio del tiempo siendo uno de los mejores colaboradores de los arqueólogos más prestigiosos de los inicios del siglo XX español, cuando la arqueología comenzaba a dar sus primeros pasos, y los primeros arqueólogos cuyos nombres han traspasado la frontera de la historia en nuestra provincia, Enrique de Aguilera -Marqués de Cerralbo- o Juan Cabré, se iniciaban en el mundo del descubrimiento de nuestras señaladas necrópolis. 


 

   Aquellas que dieron fama a poblaciones como Higes, Palazuelos, Cerropozo –Atienza-, Alcolea de las Peñas y tantas más.

   Enrique de Aguilera y Juan Cabré se llevaron la fama, pero detrás de muchos de aquellos importantes descubrimientos que firmaron para la arqueología nacional se encontraba la figura estirada, amable y despierta de don Justo Juberías, un cura de pueblo, natural de Palazuelos, que pasó por la historia arqueológica prácticamente de puntillas, al permanecer en la mayoría de las ocasiones en segunda fila.

   Nació en Palazuelos, a las puertas de la Navidad de 1878, el 19 de diciembre, y en Palazuelos dio sus primeros pasos y se comenzó a formar hasta que pasó a Sigüenza para seguir la vida del sacerdote, estudiando en el seminario de San Bartolomé.

   En Sigüenza se ordenó en 1904 pasando, dos años después, en 1906, a la iglesia de Santa María de Huerta, de la que fue nombrado ecónomo, y en donde la casualidad le hizo conocer a don Enrique de Aguilera, el famoso Marqués de Cerralbo quien, en Santa María de Huerta tenía su finca de recreo, “El Castillo”. Santa María de Huerta pertenecía entonces al obispado de Sigüenza.

   Don Justo llegó a aquella localidad a mediados de noviembre de aquel año, el día 14. Un destino que marcaría su vida, y una población que ya conocía, al menos de referencia, puesto que uno de sus hermanos, Segundo Juberías, ejercía allí como administrador de la familia Cerralbo.

 


 PALAZUELOS, SU CASTILLO Y SUS MURALLAS. El Libro, aquí

   No es difícil imaginar que don Enrique de Aguilera, cosa de los tiempos, reuniese en su finca, en más de una ocasión, a los poderes, civiles y eclesiásticos, del lugar; y que en más de una ocasión nuestro don Justo Juberías escuchase los razonamientos arqueológicos de nuestro entonces aficionado marqués y que, de escuchar las charlas, surgiese primero la curiosidad y posteriormente la afición por los descubrimientos.

   Unos descubrimientos que comenzaron a tomar carta de naturaleza a mediados del siglo XIX, cuando se elaboró la primera carta arqueológica provincial y comenzó a indagarse en un mundo hasta entonces prácticamente desconocido, el de la prehistoria, que quizá se inicie para la provincia de Guadalajara con las famosas “antigüedades de Hijes”, descubiertas en los primeros años de la década de 1840; excavadas por el entonces Delegado provincial del Gobierno civil de la provincia, don Francisco de Nicolau, y terminadas de rescatar del olvido por Cerralbo y compañía; la compañía, por supuesto, era don Justo Juberías, por entonces párroco de Torrevicente (Soria), antes de serlo de Membrillera, población a la que llegaría en 1927 y en donde estuvo por espacio de casi veinticinco años, hasta 1951 en que pasó a Sigüenza, dejando la ciudad episcopal cuando la enfermedad, y la edad, de su amigo y en algunos aspectos colaborador, el entonces párroco de la iglesia de San Juan y arcipreste de Atienza, hizo que el obispo diocesano lo enviase a la castillera villa en 1956. Allí permaneció hasta poco antes de la muerte del arcipreste atencino. Regresando a Sigüenza en 1958.

   En Membrillera, con muchos de los objetos que logró reunir en aquellas interminables jornadas de investigación arqueológica, montó su primera colección de lo que llamaron piedras antiguas, y de fósiles, provenientes la mayoría de ellos de las serranías de Guadalajara en sus límites con las provincias de Soria y Segovia, por donde don Justo caminó a sus anchas. Fósiles, y piedras antiguas, halladas por don Justo o donadas a nuestro hombre para tal fin.

   Sus trabajos de campo, de inspección para Cerralbo primero y Juan Cabré después, se documentan a partir de los primeros años del segundo decenio del siglo XX.

   Entre 1913 y 1914 anduvo en las excavaciones de Higes, y poco después en las de Valdenovillos, en Alcolea de las Peñas, pasando por las de Palazuelos, Tordelrábano, Hortezuela, Maranchón, Anguita, Luzaga, y una docena más en nuestra provincia, siendo quizá la de Cerropozo de Atienza, descubierta en los últimos años del decenio de 1920, la que mayores satisfacciones produjo, tanto a nuestro buen cura don Justo, como a su entonces director de trabajos, Juan Cabré, quien como discípulo del marqués de Cerralbo, a su muerte continuó la labor emprendida por aquel. También los pueblos limítrofes de Soria vieron su paso, y de numerosos de ellos, desde Carrascosa de Arriba a Retortillo, se trajo a Sigüenza el conocimiento de pasadas culturas.

   La enorme obra llevada a cabo, y en ocasiones poco reconocida, de Justo Juberías, se materializó en su gran colección de arte rupestre, y de fósiles de todas clases y edades, con la que ideó la formación de lo que había de ser Museo de Arqueología, sino provincial, al menos local –de Sigüenza y su obispado-. Pues a pesar de que la gran mayoría de las piezas descubiertas en las necrópolis excavadas pasaron a pertenecer al Museo Arqueológico Nacional, muchas de las piezas menores quedaron, como anteriormente señalábamos en su poder, con ese fin museístico, al tiempo que, conocido su futuro, aumentaron las donaciones. Un fin que se truncó cuando, en los desastrosos días que acompañaron los años de la Guerra Civil (1936-39), su colección fue expoliada en Membrillera, donde se encontraba, y el resulto de treinta años de investigación quedó perdido para siempre.

   Sus trabajos en pro de la arqueología le dieron el nombramiento, en 1941, de Comisario Local de Excavaciones de la comarca de Sigüenza, llevando a cabo a partir de entonces algunos trabajos de menor entidad, al tiempo que trató de recomponer su colección perdida, que en parte logró, y que una vez conseguida sirvió para fundar el Museo Diocesano de Arqueología de Sigüenza, al que donó las piezas, y del que fue su primer director.

 

UNA MIRADA A CERCADILLO. El libro, pulsando aqui

 

  Fue un apreciable conferenciante. Se relacionó con los científicos y arqueólogos más eminentes de su época y dejó para la provincia el recuerdo de su trabajo y el estudio de sus investigaciones, a través de incontables estudios sobre la época prehistórica. Estudios, la mayoría de ellos, perdidos en el tiempo, o reseñados a través de las obras de los hombres para los que mayoritariamente trabajó, Enrique de Aguilera y Juan Cabré.

   Su huella de arqueólogo, de gran conocedor de la prehistoria de nuestra tierra se puede seguir por la Cueva de Santa María del Espino; de Torralba; de Numancia; de Aguilar de Anguita; de Ures; de Medranda, de Riba de Saelices, de su Palazuelos natal… Inconfundible, con su bonete, su sotana y su sonrisa.

   Se despidió de su tierra, para pasar a la historia, en Sigüenza, el 15 de febrero de 1966.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 18 de diciembre de 2020

 

EL VALLE DE LA SAL.LA NOVELA (Pulsando aquí)


FERMÍN SANTOS ALCALDE ¡Anda Fermín, que si pintas…!

 FERMÍN SANTOS ALCALDE
¡Anda Fermín, que si pintas…!


   El subtítulo era el final. El final animoso a uno de aquellos largos poemas de José Antonio Ochaíta cuyo comienzo se iniciaba con tristezas: La Alcarria monda y lironda, adusta tierra importuna… Tristezas para un poema que llevaba un título no menos descorazonador: “Voz de angustia por la Alcarria”, que el poeta jadraqueño declamó el 6 de diciembre de 1950 a los postres de una llamada “comilona”, que los alcarreños ya residentes en Madrid, el Gobierno Alcarreño en el exilio, lo designaron algunas autoridades provinciales, dedicaban a quien acababa de obtener un sonoro éxito pictórico en el llamado “Salón de Otoño”. La “comilona”, por supuesto, llevaba aromas alcarreños de pintura, comenzando por los entremeses, alcarreños; de primero: judías al óleo con cerdo y longaniza; de segundo: magras al temple con patatas de Yunquera; todo regado con vino de Illana, acompañado con miel de la Alcarria, nueces y frutas alcarreñas… Sí, también hubo aguardiente de Morillejo que llevó bajo el brazo don Antonio Aragonés Subero.


     Se celebró en la cafetería La Mezquita de la plaza de Alonso Martínez, de Madrid, y estuvo organizada por Sinforiano García Sanz con la colaboración de don José Sanz y Díaz y unos cuantos exiliados más. La lista de asistentes se completaba con la mayoría de quienes, tres años atrás, fundaron la tertulia “La Colmena”, que trataba de dar un aire de renovación a la cultura de Guadalajara. Los nombres de los asistentes: Francisco Layna; Claro Abánades, Alfredo Juderías, Isidoro Montiel, Castillo de Lucas… y un ciento más. Curiosamente, las autoridades provinciales, invitadas por supuesto al acto, declinaron la invitación. Don Juan Casas, Gobernador civil, por la hora en que terminaría; D. Enrique Fluiters, Alcalde de la capital, porque ese día había pleno en el Ayuntamiento; D. Felipe Solano, Presidente de la Diputación, no respondió; y D. Saturnino Santos, primer edil de Gualda, por circunstancias especiales.

    Claro, el homenajeado era don Fermín Santos Alcalde, un pintor guadalajareño, de Gualda, de treinta y nueve años a la sazón, y que había nacido a la pintura por devoción propia. Por instinto natural, que se suele decir; y en contra de la voluntad de su padre, que siempre quiso que terminase unos estudios y encontrase a través de ellos una buena posición económica. Nada ajeno a lo que cualquier padre desearía para los hijos.

 

TIERRA DE SIGÜENZA. Una tierra por desccubris. Descúbrela pulsando aquí

 

    En cambio Fermín Santos Alcalde, hijo de don Francisco Santos y doña Tomasa Alcalde, quería ser pintor; desde la más tierna infancia; incluso cuando sus padres emigraron a Madrid y el chiquillo apenas levantaba cuatro palmos del suelo y se aposentaron en uno de aquellos pueblos-barrio de un Madrid en expansión, Tetuán de las Victorias, el barrio que se comió Chamartín de la Rosa y homenajeaba a aquella en la que generales de la talla de Prim y O`Donell se laurearon frente a las tropas de Mohammed IV, Sultán de Marruecos.

    La de Fermín Santos Alcalde, hasta entonces, también fue una guerra, contra las circunstancias. Pero pudo más la pasión por los pinceles que las trabas que le impuso la vida. Su pasión por la pintura le llevó a compaginar trabajo de mozo de recados, y estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. Y sobreponerse a las circunstancias de que la Diputación provincial, a su petición de ayuda, entonces la Diputación provincial convocaba becas de ayuda, lo pusiese en la lista de espera, el 3 de febrero de 1936 respondieron a su petición diciéndose que hace el número 9 de los aspirantes a bolsas de estudios y que automáticamente, cuando le corresponda por turno de vacantes, se le incluirá en nómina.

FRANCISCO LAYNA. EL SEÑOR DE LOS CASTILLOS.TODA UNA HISTORIA DE GUADALAJARA
 

    Ni siquiera sus profesores de la Escuela de Pintura lograron saltar la barrera de la aparente indiferencia provincial, porque un par de meses después les respondieron lo mismo: a los profesores de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, que interesan la concesión de ayuda oficial al alumno Fermín Santos Alcalde, por creerlo acreedor a ella, que próximo a terminar el curso escolar, procurará en momento oportuno esta Corporación resolver sobre las becas y bolsas que resulten vacantes y tendrá en cuenta el informe de los mismos.

    El informe lo firmaba don Marceliano Santamaría, uno de los más prestigiosos pintores de aquellos años; junto a Daniel Vázquez Díaz y unos cuantos más de esos nombres sonoros que hoy se escuchan en los museos de pintura.

    Aquel año ya sabemos lo que sucedió. Un año que se multiplicó por tres, y al final sí; al final don Fermín Santos Alcalde sí que tuvo el patrocinio de la Diputación provincial de Guadalajara. En 1941 ya recibía, para ayuda de estudios, 2.000 pesetas, que al año siguiente se aumentaron a 3.000 y se prolongaron a lo largo de 1943, y continuaron hasta 1946, cuando el pintor de Gualda comenzó a darse a conocer en Madrid, a ganar premios y ser admirada su prometedora pintura. Entonces pintaba calles y plazas de Madrid y paisajes de Guadalajara, que le hicieron ganar ese último año el primer premio de la Exposición provincial de Guadalajara; cuando en Guadalajara sonaban pintores como Regino Pradillo o Carlos Santiesteban; y en la pintura de Fermín Santos comenzaban a apreciarse los tenebrismos de Solana. Entonces comenzaron los éxitos, unidos al mucho trabajo y una dedicación permanente, a Guadalajara y la Alcarria.

    Se dedicó, Fermín Santos Alcalde, a pintar la Alcarria; a pintar Jadraque por los cuatro costados; a Sigüenza, a la que descubrió por casualidad y en la ciudad quiso ser uno más, de abajo arriba y desde todos los ángulos, hasta llegar a escribirse de él que: “Los cuadros de Fermín Santos han hecho famosa la ciudad de Sigüenza, fuera del ámbito provincial”. Y se le llegó a considerar “heredero del Goya de los desastres, con especial predilección por temas como los aquelarres, interiores de iglesias y las costumbres populares”.

    Con razón Sigüenza lo nombró “Hijo Adoptivo” de la ciudad en la que residió, en la calle de San Roque número 13, por espacio de 60 años; y lo nombró “Cronista Artístico de la Ciudad”; porque hay pueblos y ciudades que son agradecidos con quienes las escriben, pintan y promocionan.

    Contrajo matrimonio con una pintora, Tomasa Viana Mayoral; y fueron padres de pintores; todos ellos se convirtieron en símbolos de la pintura Guadalajareña del siglo XX.

    Fermín Santos, ya don Fermín, se quedó a vivir para siempre en Sigüenza; el 29 de noviembre de 1997 entró definitivamente en la historia de los mitos. Su muerte trastocó la vida seguntina y su entierro en la ciudad dejó sentir el cariño que, en toda la provincia, se había ganado. Camino del cementerio desfilaron los paisajes alcarreños; los de su admirada Atienza; los tenebrosos de Jadraque; los paisajes lirondos y mondos que cantase Ochaíta; Sigüenza… Su dedicación a aquella Casa de Guadalajara en Madrid, para la que dibujó las cabeceras de sus artículos… Y las autoridades todas de Guadalajara, lo homenajearon.

JADRAQUE, TODA UNA HISTORIA POR DESCUBRIR (Pulsando aqui)
 

    Aquel día, en el que Fermín Santos recibía el homenaje de los guadalajareños de Madrid, a Fermín Santos le creció su amor patrio, escuchando lo que Ochaíta cantaba; que la Alcarria, que Guadalajara, mientras Fermín la pintase, no se podía morir.

    Y así fue. La Alcarria, Guadalajara, a través de su pintura es, al día de hoy, como Fermín, como Ochaíta, como Layna, como tantos nombres más, eternidad.

 Fermín Santos Alcalde, pintor, nació en Gualda (Guadalajara), el 18 de agosto de 1909; falleció y fue enterrado en Sigüenza (Guadalajara), el 29 de noviembre de 1997.

 

Tomás Gismera Velasco
Gentes de Guadalajara
Henaresaldía.com
Febrero 2021 

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 EL VALLE DE LA SAL. La novela que descubre una tierra

 

BENITO PÉREZ GALDÓS, Y GUADALAJARA

BENITO PÉREZ GALDÓS, Y GUADALAJARA
Memoria de Galdós, a los cien años de su muerte

       Quizá, si lo pudiese hacer, don Federico Carlos Saínz de Robles que conoció, además de los entresijos de Madrid, algún que otro detalle de la vida de Pérez Galdós, nos daría cuenta de cuál fue el motivo que llevó al gran escritor a fijarse con tanto detenimiento en la provincia de Guadalajara para, sin ser nativo de ella, sacarla a relucir en sus obras a través de sus pueblos, cuando la ocasión le fue propicia.

   Pudiera ser el primer motivo el que don Benito, recién llegado a Madrid por aquellos tiempos en los que España se debatía entre República y Monarquía, al filo de la mitad del siglo XIX, fue a aposentarse en una de aquellas pensiones madrileñas en las que se podía llevar vida hogareña con trato familiar, como anunciaban. Pensión situada en la calle de la Abada esquina a la del Olivo regentada, casualidades del destino, por una paisana, natural de Bujalaro, Melitona Mula de nombre, quien llevaba el negocio en compañía de su marido, Jerónimo, con la asistencia de una sobrina mocetona, también de Bujalaro. 



   Pensión en la que recalaban, y recalaron, algunos conocidos escritores, médicos y cronistas de nuestra tierra y que quizá, alguno de ellos, fuese el más que afamado “Doctor Centeno”, al que Galdós dio vida en la referida pensión y al que puso a vivir, nueva casualidad, en el entresuelo derecha. Justo donde vivía un conocido médico natural de Maranchón, don Laureano Bueno. Novela que reposaría casi veinte años en el cajón antes de que viese la luz en 1883. Dicho sea de paso, que la pensión le costaba a nuestro hombre ocho reales diarios, todo incluido. Por espacio de casi diez años vivirá en ella don Benito.

   Aunque canario de nacimiento, bien podría decirse que fue madrileño de corazón, de sentimiento y de raigambre, puesto que en  Madrid pasó la mayor parte de su vida y a Madrid dedicó lo mejor de su obra siendo, por antonomasia, el escritor-cronista de la historia del Madrid del siglo XIX, mucho antes de que comenzase aquella labor que lo llevaría a ser quizá el más prolífico autor de su tiempo, con permiso de don Manuel Fernández y González.

  
Los episodios Nacionales
   Antes de que el Doctor Centeno fuese conocido por el público, ya había dado a la imprenta alguno de los primeros capítulos de sus “Episodios Nacionales”, referidos a la primera parte que nos contaba los inicios históricos, y guerreros, del siglo XIX, y en donde, principalmente a través del personaje protagonista, Gabriel Araceli, nos irá reseñando las venturas y desventuras de alguno de nuestros pueblos durante la Guerra de la Independencia, principalmente a través del libro dedicado al “Empecinado”, al que se asoman una y otra vez, porque la historia así lo requería, los pueblos de la provincia de Guadalajara por los que Juan Martín persiguió en unas ocasiones y fue perseguido en otras, desde Jadraque a Cogolludo y desde Atienza a Guadalajara pasando por Brihuega o Cifuentes.

   Y si bien en esta primera serie ya se nos cruzan las poblaciones de la Alcarria con las serranas, ha de ser en la cuarta serie en la que nos cuente la historia que comienza por el año de gracia de 1848, en donde la provincia, y alguna de sus villas y ciudades principales adquieran protagonismo, dos por encima de todas las demás, la ciudad de Sigüenza y la villa de Atienza, puesto que natural de Sigüenza será el protagonista de la serie, Pepe Fajardo, marqués de Beramendi a quien, quizá conociendo el hermanamiento que entre ambas poblaciones hubo sobre todo a lo largo del siglo XVIII, le dio como solar natal de la familia la villa de Atienza, y en Atienza comenzarán las venturas y desventuras de Pepe Fajardo antes de que llegue, tras la celebración de sus esponsales madrileños, en viaje de novios, a la castillera Atienza en el glorioso episodio que lleva por título “Narváez”; en los anteriores ya se nos traza la figura del castillo de Atienza, como se nos trazan las calles, los paisajes y los personajes.

   Ya contamos, a través de Nueva Alcarria, la otra casualidad que llevó, tal vez, a que Galdós se fijase en la villa de Atienza por aquellos años –corrían cuando la cuarta serie de los Episodios comenzaba a ver la luz los primeros años del siglo XX-, la casualidad no era otra sino que dos mocetonas, naturales de Atienza, asistían en su casa. De ahí que Galdós hiciese el viaje a Atienza y se alojase en la casona que todavía al día de hoy conserva su primitiva estructura, del atencino Calixto Lázaro Chicharro.


Un primer viaje a Sigüenza
   Fue en el mes de octubre, década de 1870, cuando como corresponsal del periódico “Las Cortes” cubrió el viaje triunfal del general Serrano desde Madrid a Zaragoza, con parada obligatorio en la ciudad de los obispos, donde el general Serrano se detuvo a saludar a su amigo, el obispo seguntino don Francisco de Paula Benavides y Navarrete.

   Aquel viaje en tren hubo de durar varios días, pues si bien las paradas eran escasas la velocidad era muy limitada para que no volaran del tren las banderas y gallardetes con que iba engalanado, ni que se apagasen los flameros que durante la noche iluminaban su paso.

   Fue entonces cuando Galdós conoció por vez primera sobre el terreno, la campechanía de los hombres y las tierras de Guadalajara.

   A Sigüenza retornó en alguna ocasión, en los largos viajes que en unión de su sobrino, José Hurtado de Mendoza, y en calesa, lo llevaron a conocer no sólo los alrededores de Madrid, también muchas de las poblaciones de Guadalajara, pues era, don Benito, un viajero empedernido.

   En numerosas ocasiones se anunció su visita a Guadalajara capital, sobre todo desde que su sobrino opositase a un puesto en la Academia de Ingenieros Militares, y aunque no dudamos de que en alguna ocasión hubo de visitar la capital de la Alcarria, no hay constancia de su estancia; a pesar de que fue asiduo colaborador del semanario Flores y Abejas a través del que se dieron a conocer, sobre todo en el primer decenio del siglo XX, sus obras. En el semanario firmó una docena de artículos que son al día de hoy bandera de la devoción que Galdós sintió por Guadalajara.






Jadraque
   Tampoco escapó Jadraque a la mirada de don Benito. Sobre todo cuando a Jadraque se retiró, a reposar de sus males, don José Ortega y Munilla. Como Galdós, ilustre pluma en la prensa y la novela. A Jadraque se retiró Ortega Munilla tras sufrir una caída de caballo que lo tuvo postrado durante algunos meses. Ambos, Ortega y Galdós mantenían amistad de antiguo. Corría el año de 1884 cuando Ortega Munilla buscó el reposo de Jadraque, en donde trazó las líneas de su exitosa novela “Cleopatra Pérez” y, quizá, la que centró en Atienza, “Nuño Pérez”. Desde Jadraque, Ortega Munilla escribe a Galdós para invitarle a pasar unos días en la tranquila localidad en la que se siente, al poco de llegar, totalmente integrado entre un vecindario que le recibe con los brazos abiertos, y atiende solícito a todas sus necesidades, sabedores de la alta personalidad que tienen entre ellos. En la carta, llena de consejos y elogiosa hacía la población que le acoge,  le envía el horario de trenes y diligencias, así como un pequeño plano con la ubicación de la casa, en la calle Mayor.

  
El Caballero Encantado
   Numerosas, son las poblaciones de Guadalajara, al margen de las arriba señaladas, que pasean por las páginas de la obra de Pérez Galdós, al que ahora se recuerda al cumplirse, en unos días, los primeros cien años de su ausencia.

   Y si en muchas novelas y obras de teatro sacó Galdós a relucir el nombre de Guadalajara, fue en una de sus últimas obras, El Caballero Encantado, en donde desfilan nombres que a todos los oídos suenan, comenzando por Zorita de los Canes, y siguiendo por Taravilla, Molina, Maranchón, Sigüenza, o Atienza, antes de adentrarse en tierras sorianas por Barahona.

   Cien años se cumplen de la ausencia del escritor por excelencia de Madrid, un escritor que también llevó a las páginas de su obra la provincia de Guadalajara que, como sus pueblos, no deben dejar de recordar al hombre y su obra. Quizá, una de las más prolíficas de un autor con nombre patrio, admirado más allá del tiempo que le tocó vivir.

   Tal vez, volver a leer su obra sea el mejor homenaje que le pueda dedicar. Ello significa que sigue entre nosotros.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara,

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